A mi “Bebé Bola”

A mi “bebe bola”

Hace 6 meses que nos tocó digerir el amargo trago de tener a nuestra pequeñita en brazos por primera y ultima vez, para despedirla. En nuestro caso este era nuestro tercer bebe, Manuela. Todos en la familia estábamos como locos con su llegada ya que nuestros otros hijos tienen ya 13 y 11 años, así que Manuela iba a ser un “juguetito”, una “bolita de amor”, un “bebé bola” como la llamaba su hermana mayor, a la que esperábamos con muchísima ilusión.

Me quedé embarazada de Manuela con 43 años, diría que por azar, bajamos la guardia y vino, así de fácil. Al principio tenía un poco de miedo por la edad, ya que a mis otros hijos los había tenido con treinta y pocos y un embarazo a estas alturas no era algo que me había planteado así en firme. Pero una vez que sucedió y nos confirmaron que estaba sana y que era niña la alegría fue inmensa. Fue el embarazo más fácil, el que  disfruté más, todo iba sobre ruedas, me encontraba llena de energía…. En la última ecografía, una semana antes de salir de cuentas me dijeron que la niña ya pesaba 3 kilos y que todo estaba genial: el líquido, el latido, la placenta, el bebé… todos los parámetros muy bien. Estaba tan feliz. Lista ya para recibir a Manuela, con su  cunita preparada, habíamos ido a comprar unos ositos para ella todos juntos, unos pijamitas, la bañerita…Los niños veían todas las mañanas antes de ir al cole y me daban un besito en la tripa y decían: “Manuela sal yaaa, que te queremos abrazar” Cuanta ilusión había en nuestra casa.

Todo iba tan bien que todo lo que sucedió después nos pilló totalmente descolocados. Dos días antes de salir de cuentas, el 28 de Noviembre, le dije a mi marido que notaba que Manuela se movía menos y que esa noche había tenido dolor en la parte baja del vientre. Achaqué todo esto a que mi cuerpo se estaba preparando para el parto y Manuela se estaba encajando. Por insistencia de mi marido y mi hermana, como Manuela siempre se movía mucho, fue al centro de salud a ver si todo estaba bien. El ecógrafo que tenían allí era muy básico así que me dijeron que todo parecía estar bien pero que fuera mejor al hospital a ver. Fuimos, yo super tranquila, estaba tan segura de que las cosas iban bien, por qué iba a pensar lo contrario si 4 dias antes me habían dicho literalmente que tenía un “embarazo de libro”.

Al llegar al hospital me pusieron las correas. 5 minutos todo bien y de repente todo se desencadenó muy rápido. Vino la médico y vió algo raro en los latidos, me metió en una sala para explorarme. Todo se precipitó. En cuestión de minutos estaba en una camilla dirección a un quirófano, la médico decía “rápido rápido branquio parada” Otra decía “avisad al marido”, otro decía “ahora lo importante es la madre, rápido”. Al llegar había como 10 personas que se movían a mi alrededor frenéticamente, me pusieron una máscara para sedarme y solo pude decir “tengo miedo” antes de caer dormida. Me desperté en reanimación, me sentí vacía, mi bebe ya no estaba ahí dentro, me habían hecho una cesárea de emergencia. Pregunté por Manuela, las enfermeras no me decían nada del bebe. A los 5 min entró mi marido y me dijo que nuestra pequeñita estaba muy malita, que había nacido en parada habían tardado 7 minutos en reanimarla, lo habían conseguido pero que estaba muy grave. La estaban intentando estabilizar. Me quedé en shock. No entendía que había pasado, sentía que estaba en una pesadilla de la que quería despertar “¿es esto un mal sueño?”. Las siguientes horas fueron muy duras. Me subieron a planta, en la misma donde estaba al fondo la UCI de neonatos, allí estaba mi pequeñita, mi Manuela.

El primer día no pude verla porque no podía levantarme de la cama por la césarea que me habían practicado, estaba desolada, sólo quería poder ponerla en mi pecho y sentirla. Sentía tanto su ausencia. Mi marido cada ratito iba a la UCI para estar con ella. Le pedí que le hiciera una foto porque quería verla. Lloramos los dos mucho. Tan bonita, tan morena, tan regordeta y a la vez llena de tubos, de cables, rodeada de máquinas,con moraditos en los brazos y en las piernas de tantos pinchazos. Se me caía el alma al verla así tan indefensa. Pobrecita, mi niña pequeña. Cada 6 horas recibíamos un parte médico, cada vez eran peores. No nos sabían decir que había pasado, no entendíamos nada, “pero, si todo iba bien”. Al día siguiente conseguí sentarme en una silla de ruedas porque necesitaba ir a ver a mi bebé. Manuela estaba sedada, conectada a un respirador, la habían metido en un programa de hipotermia bajo el cual intentan reducir las lesiones cerebrales de los bebés que nacen en parada. Le habían puesto un chaleco de pingüinos y estaba fría. Al parecer el bajarles la temperatura ayuda a frenar el deterioro cerebral y si consiguen estabilizarlos pueden lograr mejoras. Me abrí paso entre todos los cables y las máquinas que vibraban y pitaban todo el tiempo para darle besitos, para que escuchara mi voz. Era tan pequeñita. En una sala contigua el cuadro médico nos preparó para lo peor. Nos dijeron que a priori parecía que lo que había sucedido había sido algo que llaman “inversión feto materna”, un análisis de sangre que me hicieron lo corroboró meses mas tarde. Es algo infra diagnosticado que pasa en 2 de cada 30.000 casos. No se sabe por qué se rompe una membrana, una venita que comunica la placenta con el bebé y esto hace que la sangre del bebé se vaya a la madre. El bebé pierde la hemoglobina y deja de latirle el corazón. Es indetectable y sucede en la ultima semana de embarazo sin causa aparente y con bebes sanos. Según me dijeron lo normal es ir al hospital y que ya no haya latido, así de duro. Nosotros habíamos llegado in extremis pero ya no se pudo hacer nada. Cuando le pregunté al médico cuantos bebés en el estado de Manuela había visto salir adelante su respuesta fue: “ninguno”. Volvimos a la UCI a acariciar a nuestra pequeñita, me desmayé. ¿Por qué nos estaba pasando esto? ¿era real? ¿por qué a nosotros? ¿por qué se moría Manuela?

Después de 2 días interminables en la UCI neonatal sedada (nos dijeron que no sufría nada) nuestra Manuela se estaba apagando. Les dijimos que no queríamos que se muriera así, rodeada de máquinas sin el calor de su familia. Nos dejaron una salita al lado de la UCI, donde se cambia el personal, y la trajeron solo con la máquina del respirador y el pijama y el gorrito del hospital. Estábamos los 4 allí: su papá, su mamá y sus hermanos. La fuimos cogiendo todos en brazos, dándole besitos, haciéndonos fotos entre sonrisas y lágrimas para no olvidar ese momento único en el que estábamos los cinco juntos, hasta que se apagó. Fue un momento muy duro a la vez que bonito, era la primera vez que podíamos cogerla en brazos, también la última. Era tan bonita… Se parecía tanto a su hermana mayor…

Han pasado 6 meses desde aquello. No hay un día en el que no piense en Manuela y está claro que nunca la vamos a olvidar porque es parte de nuestra familia. Escribo estas líneas llorando, es tan duro perder un hijo así, los primeros meses fueron los peores, sentía que me falta el aire. Por suerte, familia y amigos se han volcado en darnos su cariño y acompañarnos en este duro trago. También el tener el cariño de mis otros hijos cerca y estar tan unidos mi marido y yo en esto me ha hecho tirar para arriba.

La muerte neonatal es un tema tabú y muy silenciado. Hasta que no te toca de cerca parece que no existe. Ahora he conocido algún caso más de amigos de amigos. Es tan duro afrontar algo así, muchas veces me siento como si me hubieran amputado una parte. Echo tanto de menos a Manuela. Al principio me costaba dormir, lloraba continuamente, estaba vacía con una pena tan profunda que es difícil de explicar, daba mil vueltas a lo que había hecho esos últimos días de embarazo, me sentía culpable pensando en que podría haber hecho algo, haberme dado cuenta, haberla salvado, no podía mirar a ningún bebé y el mundo me parecía lleno de madres felices y bebés recién nacidos allá donde miraba… el tiempo ha mitigado la culpa y he entendido que tristemente nada de esto estaba en mis manos, que la vida sigue. Poco a poco he ido saliendo de este pozo de dolor en el he estado, esta montaña rusa de sentimientos. He sufrido mucho viendo a mis hijos llorar por su hermana, nunca habría deseado para ellos este tipo de vivencia tan pequeños pero es lo que nos ha tocado vivir.

No podemos cambiar el pasado. He leído que el duelo es amor sin entregar, amor que se ha quedado atrapado en tus ojos, en tu garganta, en el corazón. Así es. Espero que el tiempo nos ayude a toda la familia a aprender a vivir con la pérdida de Manuela porque no creo que sea algo que se pueda superar, simplemente el tiempo mitiga el dolor.

La ginecóloga me dijo que con mi edad ya iba a ser muy difícil volver a quedarme embarazada (en un mes cumplo 45), que el quedarme de manera natural con Manuela había sido una lotería a pesar del triste desenlace y que esto me podría haber pasado con 30, con 35 o con 40, ya que esta dolencia no está asociada a la edad materna. Hace 2 semanas que me he dado cuenta de que estoy de nuevo embarazada de 7 semanas. Con esto quiero abrir un hilo de esperanza a otras madres que piensan que ya no van a poder ser madres. Me daba miedo el tema de la cesárea tan reciente pero la ginecóloga me ha tranquilizado diciendo que lo que haremos será planificar el parto porque el riesgo está en sufrir contracciones de parto pero que se planificará otra cesárea y que no tengo que agobiarme con estos pensamientos. Estoy contenta pero no tengo esa ilusión “inocente” de pensar que todo va a ir bien. Me invade cierta intranquilidad, me veo diciendo frases como “si el bebé nace” “si todo va bien” cuando hablo con mi marido.

Hemos sufrido tanto que es como si tuviéramos una coraza que nos prepara para lo que pueda acontecer. Se que va a ser un embarazo lleno de luces y sombras hasta que tengamos a nuestro pequeño en brazos, porque ahora sabemos que hay bebés que mueren.

Manuela te quiero.

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