Día Internacional de la Matrona – Daphne Secall

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SER MATRONA

Daphne Secall
Matrona,

La muerte. Ocurre en todos lados, en cada instante. Silenciosa, penetrante. No queremos verla, escondida en este universo de pulcritud y plástico. Aunque no te lo creas, siempre ha estado aquí: en los ancianos, en los adultos, en los adolescentes y en los niños…y sí, por supuesto, también en los bebés, en los abortos y en los embarazos que, antes o después, se detuvieron quedando suspendidos en el tiempo. Existe, dejemos de ignorarla y empecemos a compartirla. ¿Por qué? Porque forma parte del riesgo que es vivir…y porque el dolor, la pena…el darte cuenta de lo frágil que es la existencia…compartido, es más liviano; evidenciado se le da nombre y se le coloca en su sitio y se le pone en el lugar justo que se merece.

Ya he perdido la cuenta de las veces que he escuchado: “¿ Comadrona? ¡Qué bonito acompañar bebés al mundo!”. Eco del mundo imperfecto. Suelo aprovechar este momento para hacer reflexionar y recordar que cuando todo va bonito es precioso…pero cuando no…también debería serlo, lo máximo posible, dentro del dolor, porque también forma parte de nuestra esencia.

Soy humana, mujer, hija, madre y escogí ser comadrona (o me escogió el camino no puedo saberlo). Acompaño almas o energías (dadle el nombre que más os resuene por dentro), las que están presentes, las que marchan momentáneamente a buscar a sus hijos, a sus madres; las que quieren quedarse y las que deciden marchar llenándolo todo de lágrimas y silencio.

Una lección de vida (y muerte) he aprendido de esta profesión: no puedo controlar la vida ni la muerte, no tengo poder para decidir si este bebé nacerá o morirá o nunca llegará a desarrollarse. Pero dentro de mi limitación humana, sé que puedo estar ahí, a tu lado, entregarte mi presencia, acompañar tu dolor cuando sobran las palabras y no existen posibles vocablos de consuelo. No puedo reparar el daño, no me corresponde, no tengo ese poder. Esas muertes en cualquier estadio no son mías, no me pertenecen como comadrona, pero créeme cuando digo que cada una de las que he vivido me han marcado y se han quedado prendidas por dentro. Son lucecitas, tengan nombre o no, pequeñas llamitas de vela en la oscuridad que, de vez en cuando, reviven en la memoria y te lamen, y te hierven y te resqueman por dentro. Pequeñas punzadas de recuerdo. No fueron mis muertos, mis muertes, solo pude acompañar, atisbar un resquebrajo de tu pena, aun así, intenté sostenerla, notándola en mí, aun sabiendo que no me pertenecía. De esto se trata lo humano, de compartir nuestra experiencia, el dolor de saber que todo, en un punto, tal vez se termina; reconocer nuestra existencia, y es que, en general, nuestra esencia ni es buena ni es mala, ni limitada ni eterna, pero lo que sí que recordará nuestro ser será la presencia de alguien que reconoció SU existencia.

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