Tenía 36 años cuando se me retrasó el período. Era principios de junio y me preocupaba que cuanto más tardara en venirme la regla, más se acercara y coincidiera con las vacaciones con mi “nueva pareja”. Salíamos desde marzo. Cuando me hice el test tuve miedo, nos conocíamos hacía poco, ni vivíamos juntos, pero no lo dudé, me sentía fuerte. Al principio tuve que lidiar con sus inquietudes pero estaba segura. La primera ecografía de la SS dio todo perfecto. Él también empezaba a emocionarse. Una mañana, en la semana 11, faltaba poquito para el control de las 12 semanas, un flujo rosita. Nada preocupante pero igual fui a urgencias. Sola. Pensando que era un trámite. Había cogido billete para escaparme unos días a Valencia y pasé por urgencias de camino. El primer médico dijo que la máquina no funcionaba bien y llamaría a su compañera, y su compañera llamó a su supervisora, y cuando le dije que me estaban poniendo nerviosa, ella dijo “lo siento”. Pensé que era un lo siento por ponerme nerviosa, pero no. Lo siento, el embarazo se detuvo. Me rompí. Me quedé sin fuerzas. Estuve mucho tiempo mal.
Apostamos a la relación pero mi pareja no se convencía de ser padre. Y yo lo deseaba, y remé y remé y recé.
Este año estábamos en un mal momento y decidimos que pasara el verano y disfrutáramos de las vacaciones y luego veíamos. Se notaban nuestros deseos distintos. Y me embaracé, como un milagro. En un descuido. Un momento entre millones y mi deseo. Y cuando me enteré me entregué a cuidarme, llena de miedos y con manchados constantes. El miedo me abrumó. Y en la primera ecografía, las palabras: “tengo malas noticias”. Se había ido muy chiquito. De 5 semanas. Pero mi ilusión era más grande que eso. El miércoles me intervienen. Pero este duelo es doble o triple. Es una pareja y una ilusión de familia que también se acaba.
Deseo mucho, mucho ser mamá y tener una familia. Lo deseo con todo mi corazón.
Hoy tengo 38 años y miedo al tiempo. Y por afrontar una decisión de ser madre soltera.