Dar a luz, sin luz.

Franco:
1 año de búsqueda y llegaste. Una felicidad inmensa inundaba nuestras vidas. Primer hijo, primer nieto de ambas partes. Ansiedad, alegría, amor.
Miedo. Miedo a no poder hacerlo bien, a no saber cómo sostenerte en brazos, a no tener leche, a cambiarte mal el pañal, a no saber entender si tendrías sueño, hambre, gases, frío, calor.
Nadie te prepara para ser mamá. Sin embargo, todos pueden, seguro que voy a poder.
Soñé con tu carita, te tengo en brazos, te sonrío y me devolvés la sonrisa.

Nadie te prepara para el momento en el que el ecografista entrecierra los ojos y se acerca a la pantalla. Nadie te prepara para una consulta sin sonrisas, para esos segundos de silencio en el cual se toman más y más imágenes del mismo plano.
Fue un 4 de septiembre cuando me enteré de que algo no venia bien. Se debe repetir la ecografía en dos semanas para confirmar la sospecha y su extensión.
Qué calvario. 16 días y 15 noches de tormenta mental, de vivir en automático, de no entender, de llorar, de no dormir mas de 1 hora de corrido, de soñar pesadillas y despertarme jadeando.
Segunda ecografía. Saquen turno para eco-cardo fetal y para estas otras especialidades.
Sentí presión en el pecho.

Fui a sacar turno. Nada ni nadie, pero absolutamente nadie, te prepara para eso. “Un turno para cirugía maxilofacial infantil”. Tenía que ser con el pediatra. Veía borroso, la cara de la secretaria se desdibujaba tras mis lagrimas, me temblaban las manos, me temblaba la voz. Tenía que ser con el pediatra. “Para quién es?” Me escuché en voz alta, me descubrí siendo madre por primera vez: “Para mi hijo, mi bebé”.
Presión en el pecho.
Perdón.
Te amo, donde quiera que estes te amo para siempre.
Te amamos.
No fui suficientemente fuerte.
Quiero creer que nos volveremos a encontrar.
Te imagino.
Te anhelo.
Siento vacío. Vacío espiritual y físico.
Mi bultito abdominal, ahí estabas. Te sentí, te hiciste sentir, me llamaste.
Y yo no pude.
Eternamente perdón.
No tengo idea de si una vida entera es suficiente, sé que hasta mi ultimo día en esta vida te voy a pedir perdón. Necesitabas una mamá más fuerte.
Ya no soy la misma, estoy en plena metamorfosis.
Qué vacío, qué culpa atormentadora.
No me quedó más aire para exhalar.
Suero, oxitocina, ampollas de medicación en la vía, pastillas orales, sublinguales, intravaginales. Dolor, febrícula, somnolencia y vuelta a empezar.
Horas y horas de dolor y fuerza, de buscar inútilmente la posición más tolerable. Mi cabeza pensando que estamos mal diseñados, cómo puede ser esto natural?, un dolor sordo y sostenido durante tantas horas y horas.
De repente, el dolor se agudizó, y lo sentí en las lumbares. Dolor, mucho dolor.
Vino la partera. Quién es? No la conozco, no me conoce. Todo depende de ella. Tu papá al lado, en todo momento. Yo tenia miedo, muchísimo miedo, no quería ni podía decirlo. Y frío, demasiado frío, temblaba. Se me acalambraban los brazos y las piernas, sentía hormigueos en todo el cuerpo. Quería decirlo en voz alta pero hablar era más esfuerzo, para el cual no me quedaba resto.
“Ahí viene, hacé fuerza. No, así no. Tranquila, cálmate, CALMATE! Así, NO. MIRAME. Mírame a los ojos. Respira. Inhala despacio, inhala, inhala, y ahora larga. La fuerza es más de atrás, no como estas haciendo, sino que… Así, bien, así, seguí seguí, seguí, frena. Respira. Otra vez. Vamos, vamos, dale. Listo, frena. Otra vez… Viene, viene, viene….”
Culpa. Culpa por haber sentido alivio ante el cese del dolor. Se rompió la bolsa, salió (y explotó) todo el liquido que presionaba las paredes de mi pelvis. Sentí placer, me relajé, respiré. Me dijeron que hiciera más fuerza. Hice más fuerza.
Sentí calor entre mis piernas, mi piel erizada del frio, temblaba, y vos me diste calor. Sentí ese bultito, tu cabecita redonda, resbaladiza, calentita.

Naciste con 18.5 semanas un 20 de septiembre de 2026 a las 16:23.
Vos me diste calor y yo te expulsé al frío.
E inmediatamente te esperé. Me disocié. Como si estuviera en una realidad paralela me imaginé que te recibía en mi pecho, que nos dábamos calor mutuamente. Que te sonreía y me devolvías la sonrisa. Me lo imaginé tan fuerte que por alguna milésima de segundo entendí por qué dicen que el parto es tan mágico, de tan solo imaginarte en mi pecho entendí por qué las madres dicen que a pesar de todo el dolor vale tanto la pena. La naturaleza recompensa el dolor con amor.
Dar a luz, sin luz.
No te vi, no me atreví.
Perdón por eso también, no pude.
Vacío. Vacío en mis manos, en mi vientre, en mi pecho.
Eterno perdón.
Nunca te voy a olvidar Franco.