Padres de una estrella llamada Júlia

Hace 12 días escuchamos la frase que ningún padre quiere oir: “haceros a la idea que aquí ya no queda nada”.

En ese momento estaba en la semana 36 de gestación.  Esperábamos con toda la ilusión del mundo a nuestra primera hija, Júlia. Ya lo teníamos todo preparado, y para nosotros ya podía nacer, ya que pesaba más de 2kg y medio. Lo que nunca hubiéramos pensado que moriría antes de nacer.

Llevaba dos días sin notarla de la misma manera. Comí mucho chocolate porque eso la hacía estar muy guerrera en mi barriga.  Pero lo único que obtuve como respuesta fueron contracciones  y seguidamente el bulto que salía en la parte derecha de la barriga.

Inocentemente, fuimos a urgencias con la intención  que nos  enviaran rápidamente  a casa, porque seguramente  serían las típicas preocupaciones de una madre primeriza. Pero después de los monitores y los distintos ecófragos, nos dieron la peor noticia. Júlia  no tenía  latido.

Fuimos a la mutua donde nos habían llevado  el embarazo. Allí  nos volvieron a decir lo mismo y nos derivaron a la Maternitat de Barcelona (hospital concertado especializado en casos de muerte perinatal). Antes de irnos, apareció nuestra ginecóloga.  La habían  llamado y había  venido corriendo desde casa. !!! Nuestro ángel!!! Con lágrimas en los ojos, nos explicó el protocolo por el que tendríamos que pasar y, su abrazo de despedida, me dio fuerzas para seguir andando hacía allí.

Volvimos a entrar a urgencias, está  vez la definitiva, y a la 1 y media de la madrugada empezó el final  de toda una ilusión.  Amniocentesis y extracción  de 8 tubos de sangre. Después  nos pusieron en una habitación privada y nos dejaron dormir,  ya que eran las 3 de la mañana. Al día siguiente empezaríamos  la inducción al parto.

A las 9 nos despertamos y lo primero  que hicimos fue llamar a nuestras madres. Vinieron rápidamente  y a día  de hoy aún  no se han separado de nosotros. Eran y son las abuelas de Júlia,  !qué decir!

Empecé tomando pastillas orales cada 3 horas para poder dilatar. Pero durante todo el día no dilaté ni un centímetro. Algo dentro de mí se alegró, ya que tenía  pánico al momento. No me quería  separar de mí hija, pero sabía  que en algún momento iba a ocurrir. Por el bien de las dos así tendría que ser.

Pasamos el día  rodeados de familiares y muy entretenidos. El hospital, en estos casos,  dejó que estuvieramos todos juntos. Entienden que en momentos así,  necesitas a tus allegados muy cerca. Mi pareja, Marcel, no paró de hacer llamadas. Y preparar el entierro de nuestra hija. Ningún  padre está  preparado para esto pero lo hizo com toda la valentía  del mundo.

A la mañana siguiente me hicieron una exploración  y me introdujeron bastoncitos dilatadores. Me los pusieron con tanto mimo y respeto. Entendían que ya estaba pasando mucho dolor emocional cómo  para que también  tuviera dolor físico.  Ese día también  seguimos con las pastillas cada 3 horas pero esta vez eran vaginales. Repito, las iban introduciendo cuidadosamente  y si veían  que me dolía, dejaban de explorar.

A las 7 de la tarde nos visitó  nuestra ginecóloga  de la mutua. Quería  saber  cómo estábamos. Nos dio tanto apoyo, que a partir de ese momento empezaron las contracciones más  fuertes. Supongo que me relajé.

Ningún  profesional quería  verme sufrir físicamente, así  que me animaban a bajar al paritorio para empezar a empujar. Pero yo quise aguantar lo máximo en la habitación, porqué  estaba rodeada  de toda la familia y porqué  no quería  que mi embarazo, ese tanto bonito y que disfruté tanto durante 8 meses, acabase.

Entre mi prima y mi cuñada me contaban las contracciones mientras yo respiraba tranquilamente y aguantaba el dolor. Me monitorizaron. Aún recuerdo todos observando las contracciones que iban saliendo en el papel. Pero en un momento dado dije basta y toda la trupe bajamos hasta el paritorio. Teníamos  que afrontar tarde o temprano la realidad.

El paritorio no era nada parecido a lo que imaginábamos. Nuevo, luminoso, sensación  de paz. Mi pareja y mi madre no se separaron de mí en todo el parto. Bueno mi pareja un momento, pero eso es una de las anécdotas graciosas que nos guardamos para nosotros.

Me pusieron la epidural, calmantes y me extrajeron los bastoncillos.  Estaba dilatada de 6cm. En ese instante el cuerpo de mi hija empezó a salir. Me lo puso tant fácil! y las profesionales respetaron la naturaleza humana. ¡Cuánto lo agradezco a día de hoy! No fue el parto que siempre imaginé, pero fue respetado y bonito.

En ese instante nuestros cuerpos de separaron por primera  vez  después  de 8 meses  de amor y vivencias juntas.

La comadrona se la llevó para prepararla y que la pudiéramos  conocer físicamente, porque en realidad Marcel y yo ya nos habíamos presentado a nuestra hija meses antes, y le habíamos cantado, acariciado, amado, etc.

La comadrona entró  y solo nos pudo decir: ¡¡¡es una niña guapísima!!! ¡Qué  razón tenía! 2,900kg de ternura y amor. Estuvimos con ella hora y media. Nos hicimos fotos y pudo entrar toda la familia que llevaba dos días  acompañándonos en el hospital.

Alba, la comadrona, nuestro otro ángel, nos acompañó en todo momento, dejando el tiempo y el espacio que quisimos. También  nos entregó  una caja de recuerdos con el gorrito, la pulsera y cartulinas con las huellas de los pies y de las manos. Bonitos recuerdos que guardamos junto a las fotografías del paritorio y de todo el embarazo.

Después de hora y media de mucho amor y sobretodo de paz, porque cuando te recomiendan que veas a tu hijo, te imaginas lo peor, pero una vez lo tienes en tus brazos, no puedes dejar de admirarlo, de contemplarlo y de sonreír. Nos despedimos y ahora sí,  nuestros cuerpos se separaron por segunda y última vez.

Estuvimos dos noches más ingresados. El tiempo que hiciera falta, nos decían. A mí ya me iba bien porque en esa habitación,  la 101, me había creado una burbujitas de la que no quería salir.

La mañana que decidí  que era momento de enfrentarse a la vida real, apareció una enfermera que no habíamos visto durante los 4 días que estuvimos ingresados.  Y, Sin ella saberlo, fue el motor que nos ayudó a poder salir de allí sin lágrimas en los ojos y felices porque habíamos sido padres y lo seremos, para siempre, de nuestra hija Júlia.

Hacía 3 años que ella había perdido a su hijo en la semana 35. Entonces le explicamos  las dudas que nos habían  surgido durante el ingreso, como: ¿nos podemos sentir padres? ¿Cómo tenemos que actuar delante de la gente? ¿Otro embarazo es sinónimo de sustitución? ¿cómo recordar para siempre a nuestra hija? ¿Podemos decir que es nuestra primera hija?

Nos fue resolviendo todas nuestras dudas y, esa conversación , que aún tengo grabada en la mente, fue nuestra esperanza para seguir adelante.

Con los días te sigues haciendo preguntas, te culpabilizas, lloras, ríes y vuelves a llorar. He leído muchísimo del tema desde que volví  a casa y estoy deseando participar en grupos de padres y madres. Tambien he leído testimonios desgarradores.

Ahora sé que Júlia vino al mundo para que conociéramos a nuestra ginecóloga, ya que la primera vez que fuimos a su consulta  estaba embarazada de 8 semanas. También sé que ella eligió la Maternitat para nacer. Un sitio preparado para la muerte perinatal, sobretodo profesionalmente.

Te ponen el logo de una mariposa en la puerta, para que todos los trabajadores que entran en la habitación  lo hagan con una sensibilidad difícil de describir. Tienen escrito un protocolo preparado con mucho mimo, y también, dejan que te rodees de toda la gente que necesites en ese momento.

Doy las gracias, y mil gracias, porque aunque nos tuvimos que despedir de nuestra hija, lo pudimos hacer a nuestro ritmo, con respeto, amor y mucha paz.

A día de hoy aún no soy capaz de enfrentarme a la rutina y a los amigos diarios, porque me da miedo que no empatizen o no valoren a Júlia por lo que es, nuestra primera y querida hija!!! Todos necesitamos tiempo y un proceso de duelo.

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