Martina, el amor que nos transformó

Parte I: El inicio de una espera con ilusión

El año 2024 comenzó como un año lleno de esperanza. Habíamos superado muchos obstáculos y, finalmente, Martina estaba en camino. Cada ecografía era un mundo nuevo que se abría, cada patadita era una promesa. Las semanas avanzaban con esa mezcla de alegría, temor y futuro que solo quienes esperan a su primer hijo pueden entender. Nada nos preparaba para lo que venía.

Parte II: Los primeros síntomas y el silencio

A finales de julio, comenzaron los síntomas. Un malestar persistente, una sospecha que no lograba disolverse, fuimos al hospital. Había algo en mí que no estaba bien. Pero las pruebas no fueron suficientes. Me sentía mal, sí, pero aún no había un diagnóstico claro. Volví a casa con dudas, con algo que me decía que no estábamos escuchando bien al cuerpo.

Parte III: El día en que todo cambió

El 4 de agosto volví al hospital. Esta vez la situación era crítica. Martina ya no tenía latido, se nos había ido a las 33 semanas. En medio de una tormenta de dolor físico y emocional, comenzó el parto. Fue un parto duro, marcado por la pérdida. Sentí que me quitaban mi voluntad, mi cuerpo. La sensación de vulnerabilidad fue total. Perdimos a nuestra hija y sentí que, por momentos, también me perdía a mí.

Parte IV: El hospital y los días sin tregua

Después del parto, vinieron días donde todo parecía desbordarse. antibióticos, vómitos, tensión alta, oxígeno… mi cuerpo también estaba luchando. Mi marido (su padre), mis padres, mis suegros, nuestros amigos,  su madrina que desde la distancia estaba ahi y las enfermeras fueron quienes pusieron humanidad cuando el entorno médico a veces la perdía. Sentí incomprensión, frases fuera de lugar, falta de tacto. Y en medio de eso, empecé a alzar la voz. Quizá borde, quizá con rabia, pero con una necesidad de defender mi dignidad, la de Martina, la mía. Aquella escena con la ginecóloga que insistía en que orinara, cuando ni podía moverme, fue el punto de inflexión. Grité. Por primera vez, grité. Porque el cuerpo es mío, y ese momento también.

Parte V: La salida, la autopsia y un cierre amargo

El alta no fue más reconfortante. Declaraciones que buscaban tapar fallos, minimizar responsabilidades. Nos dieron largas. Y la cita para recoger la autopsia, en noviembre, fue otra muestra de desinterés. Dos horas esperando, y al entrar, un trato frío, superficial. “No sabemos qué ha pasado”. “Solo mirad lo subrayado: placenta previa”. No mencionaron la corioamnionitis, ni los leucocitos, ni el contexto. Yo lo investigué después, analicé los datos. Supe entonces que sí, pudo haber fallos. Que, si en julio se hubieran hecho más pruebas, tal vez la historia habría sido otra. Pero no lo fue.

Parte VI: Nena y el amor que cura

El 27 de noviembre llegó Nena a casa. Una perrita pequeña, dulce, que desde el primer momento conectó conmigo de una forma profunda. Con ella, algo en mí empezó a abrirse. Sentí que su llegada no fue casual: fue un hilo de vida, de compañía, de amor incondicional. Nena me ayudó a canalizar todo lo que tenía dentro. Ese “basta ya” que llevaba enquistado desde el parto, comenzó a transformarse en cuidado, presencia, y también, límites.

Reflexión final: Martina, siempre con nosotros

Martina fue, es y será siempre nuestra hija. Su historia no se borra. Ella nos transformó. Me hizo más fuerte, aunque no aguantaba el dolor. Me rompió, pero me enseñó a reconstruirme. Me enseñó a decir “basta ya”. A veces siento que la defendí incluso después de su partida, cuando enfrenté verdades incómodas, cuando no me callé, cuando analicé los informes que nadie nos explicó. No la olvidaremos nunca. No fue en vano. Su paso por nuestra vida fue breve, pero eterno. Y aunque el sistema sanitario creemos que falló, aunque algunas personas no estuvieron a la altura, también hubo manos que nos sostuvieron. A ellas, gracias.

Y a Martina, gracias por haber sido. Por siempre, nuestra niña.

PAPA Y MAMA