Mi semillita

Quería compartirles algo que escribí para ayudarme a transitar el duelo, me ha servido para sentirlo en piel carne y asimilar mi perdida.

viernes, 14 de noviembre de 2025
Capítulo 1 — La semilla que llegó a iluminarlo todo

Nunca fui de esas mujeres que dicen que nacieron para ser madres. Yo siempre fui
más del equipo independencia, libertad, “ya veremos”, una mezcla de orgullo y
autoprotección que me funcionó muchos años. Me gustaba la idea de un futuro
donde mi único deber fuese conmigo misma y, a lo sumo, con mi pareja. Así, simple,
sin agregar más responsabilidades al tablero de la vida.
Pero un día, sin aviso previo, algo en mí hizo clic. Me desperté —de verdad y en sentido metafórico— y vi que mi vida se parecía peligrosamente a eso que, en el fondo, siempre soñé. Estaba lejos, a más de diez mil kilómetros de mis raíces, y aun así me sentía acompañada cada día. Tenía un trabajo que me hacía sentir valorada, amistades nuevas que entendían mi mezcla rara de tonadas y maneras, y un hogar que, por primera vez en mucho tiempo, podía llamar “casa” sin dudarlo.
Y estaba él. Ese compañero que, después de mil batallas y reconciliaciones, había crecido de una forma que yo ni imaginaba posible. Habíamos llegado a un momento sereno, maduro, donde el amor se notaba incluso en los silencios. Sumale a eso que mi hermana, mi cuñado y mi sobrina ahora vivían a unas calles, que la familia nos visitaba, que los amigos llamaban… y que el futuro se había convertido en un lugar luminoso.
Un día cualquiera, mientras merendábamos todos juntos, entre risas y planes, pensé:
“¿Cómo no voy a traer un ser humano a este mundo si este mundo, así como lo vivo hoy, es increíble?”
Y esa pregunta se volvió una respuesta.
Una puerta abierta.
Un “sí” que me sorprendió incluso a mí.
La aventura de intentarlo
Empezaron las visitas médicas, los controles, los cálculos de ovulación, los comentarios cómplices. Pero más allá de todo eso, lo vivimos con naturalidad, a nuestra manera. Nada de obsesionarse. Fluir.
Y fluyó.
En cuestión de semanas aparecieron los primeros síntomas: olores intensificados, mareos, un hambre que parecía de otro planeta, granitos que jamás había tenido y, sobre todo, esa emoción nueva… que te pega como una ola tibia. Y un día, finalmente, ese test marcó un positivo clarísimo.
Y ahí cambió todo.
No hubo miedo, hubo una sonrisa inevitable.
No hubo dudas, hubo planes. No hubo soledad, hubo dos corazones celebrando en silencio.
Desde ese día, mi mundo se volvió más suave. Mis gestos cambiaron, mis hábitos también. Nada que pudiera hacer daño entraba en mi cuerpo.
Cualquier cosa que protegiera a esa semilla era prioridad absoluta.
Y así, sin haberlo visto nunca, sin escuchar un latido todavía, amé.
Lo amé con una fuerza que jamás creí posible.
Y él también.
Cada noche su mano buscaba mi vientre, y ahí nos quedábamos, soñando.
El amor se comparte
La emoción era imposible de esconder.
Mi hermana lloró.
Mi familia desde tan lejos festejó.
Mis amigos se ilusionaron conmigo.
Y él… él brillaba.
La semilla ya era parte de todos.
Y aun así, en paralelo, había un pequeño miedo que se colaba entre tanta luz. Ese
pensamiento incómodo de “y si algo va mal…”. Ese instinto que aparece cuando algo es tan precioso que asusta perderlo.
El día en que algo cambió
Me levanté un día con una sensación extraña. No era dolor, no era náusea, no era típico.
Era… intuición. Esa intuición que las mujeres tenemos enterrada en lo más hondo.
Intenté seguir como si nada.
Intenté minimizarlo.
Intenté creer que era parte del proceso.
Pero las pérdidas comenzaron.
Primero pequeñas.
Después un poco más claras.
Y esa luz interna que traía tantos días… tembló.
El miedo se hizo real.
La ilusión sintió un golpe.
El corazón se me apretó de una manera que no puedo ni describir.
Horas de espera.
Horas de incertidumbre.
Horas abrazada a él, que tenía los ojos llenos de dolor y esperanza al mismo tiempo.
Horas conteniendo el llanto hasta que ya no pude más.

Cuando finalmente nos atendieron, todo mi cuerpo sabía la verdad antes de que la dijeran.
Y aun así duele escucharlo.
Ese “lo siento, cariño”…
Ese tono suave de quien sabe que te está rompiendo algo por dentro…
En ese instante, toda la historia que veníamos construyendo se detuvo. Y la semilla que tanto amábamos ya no estaba creciendo.
El duelo que se hace de a dos… y de a muchos
Esa noche, lloramos juntos.
Lloramos como equipo.
Lloramos desde el alma.
Lloramos porque el amor era grande, no porque la gestación fuese larga.
Y entre lágrimas descubrí algo:
No estaba sola.
Él me sostenía.
Mi hermana estaba esperando noticias con el corazón en la boca.
Mi familia desde lejos enviaba amor a raudales.
Mis amigas y amigos me acompañaban de la forma más tierna.
Mi trabajo me cuidó.
La gente que quiero me abrazó incluso sin estar físicamente.
Y en medio de ese dolor nuevo, tan hondo, empecé a ver algo más. La luz que vuelve
El duelo no es lineal.

Hay días más suaves y días oscuros.
Hay momentos donde te preguntás por qué.
Y momentos donde simplemente agradecés haberlo sentido, aunque haya durado poco.
Pero cada día, desde entonces, algo en mí vuelve a colorearse.
Cada día duele un poquito menos.
Cada día me siento un poco más fuerte.
Cada día entiendo que esta historia también es parte de mí.
No lo olvido.
No lo voy a olvidar nunca.
Esa semilla fue amor.
Fueron sueños.
Fue ilusión.
Fue luz, aunque fuera breve.
Y el final… queda abierto
Sigo transitando este duelo con amor.
Con calma.
Con respeto a mi cuerpo y a mi corazón.
Volviendo a unir mis pedacitos.
Sé que volveremos a intentarlo.
Sé que ese deseo de traer vida no se apagó, solo se transformó.
Sé que cuando llegue el momento, llegaré más fuerte, más consciente y más llena de
amor.
Y sé —con toda mi alma— que siempre, siempre voy a amar a esa pequeña semilla que me enseñó a soñar.

Lo que fue, lo que es y lo que será.