Papá y mamá te aman ❤️

Creo que quizás ha llegado el momento de dar a conocer nuestra historia. Después de dos años y medio, me siento preparada para ello.

El embarazo de Kilian fue un embarazo normal. Nuestro bebé estaba totalmente sano y cumplió con sus 40 semanas de gestación. 2 días después de esta fecha tan esperada, me puse de parto de forma natural, y como la cosa más normal del mundo, nos dirigimos al hospital (seguridad social) llenísimos de ilusión.

Kilian fue nuestro primer hijo, por lo que todo era nuevo para nosotros. Hicimos lo que nos dijeron que había que hacer, y nos dejamos guiar por las indicaciones de los médicos. La dilatación iba lenta, pero allí nadie estaba alarmado por el paso del tiempo, era primeriza y era normal, según ellos.

La epidural no funcionó, tampoco le dieron importancia y me la volvieron a poner.
Después de muchas horas perdí el control sobre mi cuerpo, temblaba muchísimo, y tuve mucho frío. Vinieron, dijeron que era fiebre, y una vez más no parecieron inmutarse. Lo achacaron a un efecto secundario de la epidural. No hicieron ninguna prueba para comprobar el origen y no administraron antibiótico hasta 4 horas después, que tuve otro pico de fiebre. Un antibiótico estándar, uno al que yo soy resistente, por lo que no me hizo nada de nada.

Las horas seguían pasando, comentaban que el bebé estaba mal posicionado, con la cabeza de lado, el monitor pitaba continuamente pero decían que simplemente tenía que cambiarme de postura. Continua y ridículamente de la izquierda a la derecha y así infinitamente hasta desesperarme. El tensiómetro también pitaba, todo normal según ellos. Me hicieron mil exploraciones, varios ginecólogos y residentes, metieron decenas de dedos sin piedad y solo comentaban que la cabeza estaba girada, que a ver si se colocaba mejor, y si no, usarían instrumental.

En varias ocasiones, y ya bastante mosqueada por el paso del tiempo y por los pitidos del monitor y sus propios comentarios, pregunté si no sería mejor optar ya por una cesárea de urgencia. Simplemente contestaron que no era necesario, que en todo caso usarían ventosa, que me tenían bien vigilada, «estate tranquila», decían.

Después de 21 horas desde mi ingreso, totalmente agotada y preocupada, por fin había alcanzado los 10 cm de dilatación necesarios y me ordenaron comenzar a empujar. Aún así, yo con toda la emoción y un amor que no me cabía en el pecho, saqué fuerzas para hacerlo lo mejor posible.

Apenas llevaba dos o tres pujos cuando me informaron de que iban a tomar una pequeña muestra de sangre de la cabeza del bebé (ph de calota) simplemente para comprobar que estaba bien y si teníamos más tiempo para seguir empujando sin prisas.

El resultado de la prueba es muy rápido, apenas transcurrieron 2 minutos cuando una de las ginecólogas entró como un remolino gritando órdenes a todos, en segundos levantaron la cama y la sacaron volando hacia quirófano. Solo alcancé a preguntar «¿qué está pasando?» antes de caer inconsciente con la anestesia. Por supuesto, no hubo ninguna respuesta.

No vi nacer a mi niño. No pude escucharle llorar. Me robaron ese momento. Es algo que me pesará para siempre.

Desperté un rato después en reanimación, sin barriga, y sin hijo, sola en un pasillo apartado. Vinieron unas enfermeras a decirme que no me preocupara, que todo había ido bien. Me tuvieron allí más de 3 horas en las que yo no paraba de preguntar totalmente angustiada por mi hijo, y de suplicar que por favor me llevaran a su lado. Había estado 9 meses dentro de mi, y ahora de repente no estaba y yo no podía abrazarle como había soñado, me sentía vacía y muy triste.

Las enfermeras me decían que llevaba allí solamente 1 hora, yo les decía que era imposible, y se enfadaban diciéndome que estaba ida por la anestesia, pero la realidad es que ellas hicieron un cambio de turno y no se pasaron bien la información por lo que era cierto que llevaba esperando mucho más tiempo del que ellas decían. Yo insistía en preguntar por mi hijo, y ellas ya cansadas me hicieron comentarios que todavía tengo grabados a fuego como «tranquila, si te vas a hartar de él», «lo vas a tener que aguantar mínimo hasta los 18», «ya te hemos dicho que está perfectamente bien, con su padre haciendo piel con piel», «no seas tan pesadita, hija».

Cuando pienso en esas enfermeras todos los peores sentimientos y deseos hacia ellas se apoderan de mí.

Finalmente y ante mi insistencia cayeron en la cuenta de su error sobre el tiempo real que yo llevaba allí, así que me mandaron a la habitación con un celador, por supuesto sin disculparse ni nada. El celador me dejó sola en una habitación muy pequeña vacía, sin cuna, sin mi pareja, y sin bebé.

En ese momento supe que todos mis temores iban a hacerse realidad, que algo realmente iba muy, muy mal. Pasé varios minutos totalmente sola, angustiada, sintiendo auténtico terror. Hasta que apareció mi chico.

Solamente con verle la cara supe que a partir de de ese momento nuestra vida ya no sería vida, sino una cruel pesadilla que apenas daba comienzo. Fue él el que entre lágrimas y con el alma rota tuvo que explicarme que Kilian había nacido vivo, pero estaba a un paso de la muerte en la UCIN.

Tenía una sepsis gravísima y muy extendida, le había faltado oxigeno y en consecuencia de su sufrimiento también había tragado meconio del peor grado que hay.

Los médicos estaban desaparecidos, cobardemente no dieron la cara hasta que entre gritos exigí que vinieran a darme explicaciones. Yo no podía moverme por la cesárea. No era él quien debía cargar con ese peso ni esa responsabilidad, estando completamente destrozado al igual que yo. Por supuesto, es una obligación del equipo médico comunicar este tipo de noticias tan devastadoras, no de la pareja.

Kilian vivió 27 horas, murió en nuestros brazos. Jamás olvidaré su carita, era precioso, era mi hijo y merecía una oportunidad que le arrebataron.

No pasaron ni dos minutos de su último respiro cuando apareció por allí un buitre de la funeraria.

Estuve 8 días ingresada en ese mismo hospital, puesto que yo también tenía infección. Durante esos 8 penosos días, fuimos sometidos a una campaña de blanqueamiento de los hechos, que les funcionó bastante bien. Continuamente llegaban ginecólogos, matronas, internistas, etc. de todo el hospital a darnos el pésame y explicarnos que no se podía haber hecho nada de otra forma diferente. Que la medicina llega hasta donde llega, que se siguió el protocolo escrupulosamente y que todo fue culpa de la mala suerte, porque en ningún momento hubo síntomas de sufrimiento fetal como para haber puesto fin mediante cesárea antes de lo que se hizo.

Hundidos como solo pueden saber los padres que han tenido la desgracia de pasar por esto, no fuimos capaces en ese momento de poner en entredicho su versión, ya que nos parecía inverosímil que tantos súper profesionales se hubieran puesto de acuerdo para mentirnos y engañarnos con en fin de encubrir la verdad. Al fin y al cabo nosotros no tenemos formación médica y repitieron tantas veces que los indicadores no fueron alarmantes que no nos quedó más remedio que simplemente tratar de aceptar lo que todos repetían: que a veces no hay porqués, que solo había sido muy muy mala suerte.

Conmocionados como estábamos en ese momento no supimos revelarnos ante esa sentencia, repetida una y otra vez de forma machacona durante esos 8 días interminables.

Al regresar a casa comenzaron los que han sido sin duda los peores y más nefastos años de nuestra existencia.
Al dolor emocional indescriptible se sumó a un puerperio sin bebé, y a unas secuelas físicas inesperadas (la cesárea no cerró por culpa de un seroma y necesité de otra operación 4 meses después para rehacerla).

Los días sucedían a las noches, pero el mundo se detuvo para nosotros mientras afuera era verano y la gente disfrutaba de sus vacaciones. Al principio, las personas de nuestro entorno nos mandaron un mensaje de whatsapp intentando unas condolencias forzadas, porque la muerte un bebé no tiene la misma categoría que la de una persona adulta, y la gente no sabe bien qué decir. A veces, muchas veces, deciden actuar como si nada. En innumerables ocasiones nos hemos quedado esperando un simple «lo siento», y nada más.

Nuestros padres estuvieron solo al principio, después se fueron alejando también sin saber qué más hacer, y no cayeron en la cuenta de preguntar qué necesitábamos, en realidad, no querían escuchar y se les hizo demasiado cuesta arriba soportar nuestro dolor. Prefirieron mirar hacia otro lado y centrarse en los nietos que sí estaban vivos, los hijos de nuestros hermanos.

Al paso de unos pocos meses se extrañaron de que no hubiéramos mejorado anímicamente y nos quisieron apurar para pasar página a la mayor brevedad. Tuvimos que escuchar comentarios muy hirientes, tanto de ellos, como de algunos amigos y conocidos, como del personal médico que nos atendió en los meses posteriores. Tristemente, en nuestro camino hemos encontrado muy muy poquita empatía.

Buscamos ayuda psicológica, tuvimos varios terapeutas (privados y de la seguridad social, especializados, forenses, psiquiatras…) pero no siempre fue suficiente y no siempre salió bien.

El grupo de ayuda mutua de nuestra zona es uno de los recursos que más nos ha ayudado, porque allí comprobamos que no estábamos solos, y pudimos compartir nuestra experiencia y sentimientos con otras familias que nos entendían de primera mano. Actualmente seguimos acudiendo casi todos los meses, es un bálsamo para nosotros.

Estuve en contacto, y todavía estoy, con otras madres en duelo del resto de España y del mundo, a las que no conozco en persona pero con las que tengo a día de hoy mucha más confianza o afinidad que con mi propia familia o antiguas amistades.

Al mismo tiempo luché por mantener una baja laboral que claramente necesitaba, teniendo que justificarme continuamente por demostrar el motivo de la misma. Fue un infierno dentro del infierno.

Las horas me pesaban, mi propia existencia me pesaba, me parecía una ofensa terrible y un sinsentido seguir viva mientras él no lo estaba. Deseaba en todo momento irme con mi querido niño, no veía razón de ser para seguir aquí sin él, aguantando para siempre el sufrimiento por su ausencia.

Me daba pánico, terror, y todavía me lo da, la certeza de saber que nunca jamás volveré a ser plenamente feliz de la misma manera en la que lo fui antes. Nunca volveré a disfrutar de los placeres pequeños ni grandes de la misma manera. Siempre arrastraré esa sombra, esa mutilación que supone haber perdido una parte de mi ser que fue arrancada injustamente, de cuajo y por sorpresa.

Traté de morir algunas veces. No espero que nadie que no ha estado ahí lo entienda. Otro infierno dentro del infierno …

10 meses después reunimos las fuerzas y el valor para comenzar a investigar lo que de realmente había pasado. Solo queríamos saber la verdad. Por nuestra propia salud mental, rezamos porque esa verdad coincidiera con la versión del hospital. No fue así. Los informes periciales la contradijeron de forma aplastante: sí hubo signos claros de sufrimiento fetal y sin duda se tenía que haber actuado mucho antes, había motivos más que de peso. Su vida se hubiera salvado, y con ella, las nuestras también.

Denunciamos, y hoy ya tenemos la confirmación rotunda de que se trató de una negligencia.

No hemos recibido ninguna disculpa. Nunca la recibiremos. Los médicos nunca tendrán ninguna consecuencia profesional o personal por haber tomado decisiones que provocaron la muerte de nuestro hijo, porque en España es imposible denunciarles por negligencia por la vía penal. Es la aseguradora de la seguridad social, una multinacional norteamericana, la que da la cara por ellos, mientras ellos siguen atendiendo partos como si nada, mientras nosotros para ellos solo somos el recuerdo de una mala noche que tuvieron hace unos años. Brutal.

Todo este proceso legal ha sido lento y desgastante (otro infierno más), demoledor, y podría haber sido todavía mucho peor, aunque por «suerte» en el parto la cagaron de tal manera que no tenían escapatoria, las pruebas eran contundentes. Entiéndase la palabra suerte en este contexto, por favor. No hay peor suerte posible.

El tiempo ha pasado, y por momentos parece que volvemos a respirar, que las heridas se van cerrando, pero de vez en cuando llega de nuevo la marea que nos arrastra de nuevo al fondo, y vuelve ese sentimiento inexplicable de impotencia, esa melancolía, esa soledad y esa disociación abrumadora con el resto de la sociedad e incluso con las personas que éramos antes.

Kilian está presente cada minuto, cada segundo. Siempre está en el pensamiento, jamás abandonamos su recuerdo en cada palabra y cada acción. Al menos es así para nosotros, que somos sus padres, aunque los demás hayan olvidado o no sepan que existió, y existe en nuestro interior. Es nuestro hijo, lo será hasta el último aliento, y le queremos con locura porque simplemente somos sus papás. Y le extrañamos a cada rato.

Ahora estoy otra vez embarazada y me quedan un par de meses para recibir en casa, ojalá, a otro bebé. Sin embargo, para colmo de males, para llegar hasta aquí en este tiempo hemos tenido que pasar por un par de despedidas más tempranas, pero también muy dolorosas. La suma de todo el dolor que arrastramos es incalculable. Pero todo el amor y las ganas que todavía tenemos, tampoco tienen límites, y sabemos que superan no solo a ese dolor, sino también al miedo, a la rabia, al rencor, y a todo lo malo que para ser sinceros también convive en nuestro corazón. Hemos aprendido que nuestras emociones son válidas, y hay que dejarlas estar en lugar de luchar contra ellas.

La llegada de nuestro nuevo hijo, si es que llega sano y salvo, no ocupará jamás el lugar de su hermano, eso lo sabemos. Solo quizás, por fin podamos continuar adelante como familia sin nunca perder de vista la estela de Kilian.

Hijo: gracias, perdón. Papá y mamá te aman ❤️